
El otro día leía un artículo, y no recuerdo de quién, pero el abanico es tan dispar como de Javier Marías a Diego A. Manrique, en el que comentaba el efecto que puede tener sobre una obra, el conocimiento del autor.
Cualquier tipo de obra nos puede encantar, nos puede enamorar, nos puede emocionar e incluso hacernos llorar o reír de placer, gozo, dolor o sufrimiento. Nos gusta y nos hace sentir, pero un día obtenemos datos del autor.
Puede ser que veamos una foto, y su aspecto nos repela, o que oigamos su voz y nos enamore, ya no quiero ni pensar en una entrevista, entonces sus declaraciones o comentarios serán definitivos.
Puede llegar a influirnos tanto que lleguemos a denostar una obra que nos gusto, o que lleguemos a admirar otra que nos repelió. O simplemente a quedarnos con la obra y olvidarnos que tiene autor. Todo esto, solo con un par de sentidos, ¿qué sería de las obras si pudiéramos apreciar al autor con todos los sentidos?.
Imaginaros poder oler y probar al autor de nuestra obra favorita, ¿y si es halitósico?,¿ y si sabe a cebolla?. También puede exhalar un aliento bolas de anís, y saber a miel.
Creo que leí otro artículo, o era el mismo y en cierto sentido estaba entrelazado, en el que hablaba de la erótica de lo misterioso, de lo incógnito, del poder de atracción que tiene lo desconocido.
Alguno preguntará, ¿se le habrá ido la pinza definitivamente?, ¿estará bajo los efectos del ácido lisérgico?, ¿este tío es idiota?. Solo podrían ser afirmativas la primera y la tercera, a no ser que los efectos del lisérgico tengan recidivas de más de 20 años.
Todo viene al caso de este mundo virtual del blog, puede ser que te gusten mis post, puede ser que no te gusten, quizá si me oyes dejen de gustarte, o te gusten más. O quizá simplemente prefieres imaginarme. Prefieres un libro a su versión en cine, o prefieres la película al libro en que se basó. Prefieres no saber quién soy.
Heresiarca organoléptico.











